El Concilio Vaticano II lo dijo con claridad: todos los fieles cristianos, de cualquier condición, son llamados por el Señor a la santidad. Y el Papa Francisco lo recuerda en "Gaudete et Exsultate": Dios nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre.
La vida de Conchita es una respuesta viva a esa llamada. Su santidad no está en lo extraordinario, sino en el amor vivido en lo cotidiano: el coser, el cocinar, la oración, la pérdida de sus hijos, la viudez, la persecución religiosa.
"Nomás me acercaba al Sagrario y me hablaba Jesús y yo me iba. Me perseguía como un novio; no me dejaba rezar ni leer y me decía: 'Te quiero mía, ¿te dejas hacer?' Y yo resistiendo, hasta que un día me rindió su amor."
El rostro femenino de la santidad
El Papa Francisco destaca que el "genio femenino" se manifiesta en estilos femeninos de santidad, indispensables para reflejar a Dios en el mundo. Conchita vivió plenamente su ser mujer, esposa y madre, y en ello encontró el camino de la santidad.
Palabras de Dios para el mundo
Cada vida es una palabra, un mensaje que Dios quiere decirle al mundo. Conchita nos comparte en su testamento espiritual: "No moriré del todo, hijos míos, me sobreviviré en vosotros." Su legado sigue vivo en la Familia de la Cruz y en todos los que caminan según la Espiritualidad de la Cruz.